"Plof, plof, plof."
Párpados que despegan con furia del letargo. Gotea, gotea el agua del baño y la mente de la joven. Las manos se aferran al colchón, se hunden los dedos y las uñas se clavan hasta hacerla rabiar de dolor, casi siente como se desprenden de la carne para quedarse incrustadas entre las sábanas. El movimiento se limita a lo que el desconsuelo exige. La garganta arde al intentar hacer vibrar las cuerdas, desgarra, las piernas quedan inmóviles ante la criatura invisible que le oprime el pecho. "No puedo respirar"
"Duele, ¿verdad?" Úrsula no desea más que la muerte. A duras penas consigue deslizar la mano hasta el interruptor."Clic", se hizo la luz, la criatura huye despavorida.
El sudor frío la hace estremecer en la aplastante noche de verano, maldice el momento en que decidió quedarse sola en casa, pero, ¿qué iba a hacer? El psicólogo dijo que todo marchaba bien. "Esta niña sólo sufre de su excesivo cuidado, Sra Williams. Disculpe mi osadía, pero considero que su hija está un poco demasiado consentida. Toda su enfermedad se vería resuelta con un poco de independencia por su parte y menos caprichos concedidos por la suya."
Tan sólo llevaba unas horas sin la compañía de su madre y Úrsula ya se veía inmersa en el retorno irreversible a su pasado, su sangriento y oscuro pasado. Las millas que caminó desorientada, a pies descalzos y con la niebla consumiéndole los ojos, volvieron sobre sus pasos en cuestión de minutos. Se encontraba en el frío y abstracto punto cero, donde el terror y la incertidumbre chirrían entre los dientes.
Úrsula se sienta en la cama y comprueba con sus manos que la criatura dejó por completo de patear su garganta, sí, ahora sí que podía respirar.
No tiene miedo a mirar hacia atrás, sabe que no se encuentra detrás de ella. Sabe donde localizarlo, cuando comenzó a ser feliz y la oscuridad se alejó, el monstruo prometió que volvería, y ahí estaba.
La niña se levanta despacio, aterrorizada camina hacia adelante, va hacia el espejo de la entrada de la casa y se observa minuciosamente. Distingue con sus ojos negros su cuerpo en el reflejo, con detenimiento, media vuelta, mira su espalda y como se dibujan las curvas hasta llegar a los pies. No hay rastro alguno de la criatura.
Siente la presión de un cuerpo helado caminando en su interior. Un dolor punzante le atraviesa el pecho, Úrsula grita y se abraza para tranquilizarse, llora y las lágrimas le queman, pero nadie la oye. El dolor persiste pero se desdibuja entre sollozos, la chiquilla sujeta su cabeza entre las manos e intenta reconocerse en el espejo. Enciende la luz y levanta su camiseta. Con los dedos recorre su abdomen y a medida que avanzan, marcas cárdenas se le tatúan en la piel. Hiperventila.
El diablo que tiene dentro le rasga las entrañas con las garras afiladas como dagas de plata. Tirita por la angustia y el frío, sabe que la destrozará por dentro hasta llegar al corazón, sólo quiere su corazón, aunque no desperdiciará el resto de las vísceras. Se muerde los labios e intenta hilvanar las sílabas para pedir tregua, es en vano, pues sólo salen gemidos y suspiros.
Hilillos de color escarlata nadan entre los dedos de Úrsula, forman un lago en su estómago que desciende por el resto de su cuerpo en afluentes cada vez más densos. Los vahídos mecen a la niña entre la realidad y los brazos de Morfeo. La radio se enciende y se sintoniza sola, la voz de Amy Lee, tan dulce y melodiosa melancolía, hace sonreír a Úrsula en su infinita agonía, mientras aquel demonio devora su corazón con ansia, mientras el licor de las amapolas mana por la comisura de sus labios, ella sonreía.

Beca | 22 de abril de 2011 a las 15:38
Absolutamente escalofriante¡Increíble Miss Unknown!
Miss-Unknown | 23 de abril de 2011 a las 0:48
¡Muchas gracias! ¿Está usted preparada para recoger ese premio? Jaja :)