Aquella noche en que la luna y yo éramos las únicas supervivientes de la oscuridad, vagué soñolienta por las calles de la ciudad gris. Llevaba aquel pijama raído que me regaló el tío Sam hacía siete Navidades, mantenía su tacto suave original y su esencia pueril.

 Mientras caminaba descalza hasta la playa, me reconfortaba no encontrar ni una ínfima parte de suciedad en el ambiente. Había polvo,sí, pero no era más que la piel muerta de la Tierra virgen. ¡Cuánta dulzura tenía ese rostro inmaculado en ausencia de los hombres! A la altura de las naves industriales, donde en antaño convivían felinos y maleantes de feroces ojos, una escalera kilométrica se desplegó desde los confines del cielo a mis pies, retándome a un duelo infernal, que sólo los del Olimpo aceptarían.

 Los peldaños parecían infinitos, pero mi ansiedad podía con los jadeos.  Cuando llegué a los cientos, ya no podía más, aquella ruta era ,con creces, muchísimo más larga que la línea de mi vida, pero a gatas, subía y subía, sin cese, sin descanso. Mis rodillas sangrantes pedían tregua, pero tenía que seguir, sabía que tenía que seguir, una y otra vez, escalón tras escalón, suspiro tras suspiro. Era una victoria, insaciable, inacabable, que en las continuas derrotas de su autoestima, resurgía de entre sus cenizas.

Eran semanas que comían días, días que engullían horas, horas que zampaban minutos. Minutos que devoraban... ¡SEGUNDOS! Y así la inexorable cadena trófica consumía mi inagotable fuente de esperanzas.
Hasta que en la noche eterna vislumbré la luz de las estrellas del Universo, refulgían cegándome los ojos e invitándome a bailar a sus desnudas danzas de fuego. ¡Oh, cuánta belleza eterna se abría ante mí! ¡Los sentidos del ser humano serían incapaces de captar aquella magnificiencia absoluta! ¡No estamos hechos para eso!
Clavé con fuerza mis uñas a la exosfera y trepé hasta que pude caminar sobre ella. Podía mantenerme allí de pie sin perderme en el infinito.
No había nada que moviera aquel Universo, ni dinero, ni amor, ni sueños. La Tierra había quedado paralizada, dejando mi hemisferio en una penumbra interminable.
El dibujo de las nubes me besaba los pies. El roce del planeta era frío y húmedo. "¡Es de plastilina!", pensé, recordando con una sonrisa que ésta, era mi piel y mis manos cuando tan sólo era una cría.

Me senté en la Antártida, que me dejó el trasero helado, satisfecha con mi recompensa. Toqué las estrellas y las conté una a una, hasta que mis ojos se cerraron para siempre, con los luceros como etérea mortaja y el beso eterno y pálido de la luna.

Al fin y al cabo, todos volvemos a nuestro origen y comienzo...


"No somos más que polvo de estrellas"   


Historias de autobús


La puerta se abrió con el común y desagradable chirrido que todos conocían. Ante los ojos de los desconocidos, una familia pagó tres billetes ordinarios con monedas que al caer sobre el mostrador sonaron con un mágico rintintín metálico. La mujer sonrió y dejó pasar a su hijo descalabrado, lucía un collarín enorme que enterraba su menudo cuello y el principio de su barbilla magullada. Los rasguños tenían invadido gran parte de su rostro fantasmal y una gorra descolorida y anticuada hacía sombra en su cara, empeorando el aspecto de sus enormes ojeras violáceas. La expresión de sus apagados ojos se vio sustraída por un ápice de felicidad sucia y penosa al descubrir unos asientos libres al fondo del autobús. Se lo hizo saber a su madre gritando y señalando con un raquítico dedo que sobresalía por una de las dos escayolas que bloqueaban sus nerviosos movimientos infantiles. Su timbre era chirriante como el de los niños de su edad, dejando entrever en su emisión una hilera de dientecillos torcidos que sobresalían de su devorada sonrisa. Su madre lo reprimió con una palmadita suave en una espalda débil y también descolocada, reforzada por vendajes fuertes que le oprimían duramente el respirar. La mujer tenía la cara redonda e insustancial con rasgos demasiado masculinos. Perfectamente podría tener los cincuenta y cuatro, lo que indicaba haber tenido a su vástago bastante más tarde de lo que cabe esperar. A pesar de tener una cara bien servida de carne, su cuerpo era huesudo y desagradable. El pelo quemado como un estropajo, caía sin gracia a ambos lados de su cara hasta los carrillos, era de color rojizo pero había perdido toda la viveza de la juventud. Las canas empezaban a nacer nuevamente en la raya perfectamente simétrica que dividía su cara y el carmín barato que coloreaba sus labios mortecinos, sin duda no fue una elección correcta, pues realzaba la melancolía de su semblante marchito, cuya sonrisa, a distancia de parecer verosímil, la hacía parecer más patética. El vestido verde y desfasado que caía sobre su piel pellejosa avanzaba adelantado a su cuerpo, conduciendo a su hijo al lugar indicado. Su enclenque marido permanecía tras ellos como un pelele, esperando a que avanzaran por el estrecho pasillo. Su cabeza estaba cubierta de la misma manera que la de su hijo, llevaba gafas de miope carcomidas por el sol, y una camiseta remetida por unos pantalones que quedaban a unos palmos de su garganta, a riesgo de poder ahorcarlo en cualquier momento. Los numerosos ornamentos innecesarios que colgaban de su cuello y la mochila que cargaba su endeble espaldilla de cincuentón mal alimentado terminaban de retratar su aire de forastero. Sus piernas eran como palillos con algo de vello pobre que al lado de las de su mujer dejaban en evidencia su hombría, pues esta contaba con más rasgos varoniles que los de su también escuálido cónyuge.
Eran de una provincia cercana por lo que denotaba su acento, pero había algo de lo que no estaba segura, ¿habían cambiado únicamente de lugar o habían viajado a través del tiempo gracias a Doc? El halo espectral de aquella esperpéntica familia había sacado a flote el recuerdo de la célebre familia Adams, que con desdeñosa diferencia mostraba la viva estampa de la felicidad y la diversión. Su presencia fantasmagórica, dejó en la atmósfera su miseria y roñería, que impregnó con estrepitosa audacia el vehículo, cargando el aire con un dulzón almizcle de canela, vainilla y humedad. Cuando la repugnante esencia aleteó en mi nariz, los reflejos vomitivos hicieron su efecto, pero por suerte me contuve ante la necesidad de expulsar el nauseabundo y repugnante olor que despedía la triste familia.

Todavía hoy recuerdo el aroma repulsivo de aquel día y el shock sigue siendo el mismo.