- Ya está metido en la cama, no tardará mucho en quedarse dormidito - soltaste una risilla, entonces te abracé y te besé en la mejilla. Es uno de los mejores momentos del día, cuando acostamos a Daniel y nos quedamos los dos solos, perdiéndonos en la eternidad de las estrellas. El vaivén de las hojas nos hacía cosquillas en los oídos, te acaricié el pelo y tu sonrisa, infinitamente hermosa, me descubrió ilusionado, como el día en que tus ojos desvelaron mis secretos. Tu respiración brotaba en mi pecho, cuando de la nada, se oyeron unos pasitos acelerados y un tirón de camiseta me sobresaltó.
- Papi, no puedo dormir.
- ¿Por qué, Daniel? ¿Ha vuelto esa araña gigante a tu habitación?
- No, no es eso. Es que tengo miedo a soñar, hoy en el cole mi amigo me dijo que había oído a su hermana decir que los sueños son malos y hacen daño. Yo no quiero que me hagan daño, papá.
- ¿Que los sueños son malos? ¿Quién le ha dicho eso a mi intrépido hijo? ¡Eso es mentira, los sueños no hacen daño! Ven aquí, campeón.
Los seis añitos de Daniel pesaban como una pluma, eran tan delicados como fugaces, temía que se me escaparan entre los brazos. Tiene tus ojos y tu pelo, y es tan dulce.
- ¿Y a qué saben los sueños?
- ¿Que a qué saben los sueños? Los sueños saben a jazmín, a miel, a almendras y a todo lo que tú quieras, Daniel.
- ¿A todo lo que yo quiera?
- Sí, a todo lo que tú quieras, mi vida. - tu voz sonaba como la miel de esos sueños.
- ¿A qué quieres que sepan?
- Aa... aa...¡ a caramelos!
- ¿A caramelos? ¡Marchando unos sueños de caramelo para el niño más guapo de la Tierra! Ten cuidado con esos caramelos, no comas muchos, ¿eh?
- Papá, entonces, si los sueños están tan ricos, ¿por qué hacen daño?
- No hacen daño, si no que son unos delincuentes.
- ¿Delincuentes? ¿Roban a los demás?
- Más o menos. Como te despistes, ¡bang! te quitan la vida de un plumazo. El dulzón aroma que envuelve los sueños te confundirá más de una vez, Daniel. Deberás asegurarte los pasos en el camino, pues pueden darte esquinazo en cualquier momento y tú, encandilado por la inexperiencia y aturdido por los olores de lo onírico...
-¿"Orrínico"? Ah, ya, los animales esos tan raros que tienen pico. ¿Tendré "orrínicos" cuando pasen los años? ¡Qué guay!
- ¡Jajajajajaja! Daniel, eso son ornitorrincos. Yo me refería a los sueños. ¿Me prometes una cosa?
- ¿Qué cosa, papi?
- Que serás un gran cazador de sueños.
- ¿Y eso cómo se hace?
- Pues no deberás dejarte engañar por esos sueños. Deberás seguir a estos enemigos tuyos por cada rincón de tu vida, seguir el rastro y la huella que dibujarán ante ti y sólo, pero sólo cuando estés seguro de tenerlos entre la espada y la pared, deberás lanzarte hacia ellos. Cuando lo hagas, recuerda esto : debes morder bien esos sueños, y cuando entre tus dientes empiece a fluir el suculento néctar de la victoria, no los sueltes. Debes morder los sueños para que se conviertan en realidades. ¿Me prometes eso? ¿Me prometes que nunca caerás en la trampa de los sueños pero que siempre lucharás por ellos?
- Sí, papá, te lo prometo. Seré el mejor cazador de sueños del muuundo mundial.
- Venga, pequeñajo, vámonos a dormir, que papá habla demasiado y ya se ha hecho tarde. Mañana tienes que ir al cole y tendrás sueño. - Cogiste a Daniel de la mano y los tres fuimos juntos a su habitación. Él se metió en la cama, sonrió al futuro beso de buenas noches y al mañana y con su tierna voz dijo:
- Voy a ser un gran cazador de sueños y voy a tener muchos muchos "orrínicos".
Se apagó la luz y la habitación se inundó con nuestros sueños.