Estúpidos con cenizas por corazón.

"Última hora: los mejores científicos a nivel mundial investigan..."

-Corre, ¡sube el volumen!

"... las posibles causas del mal que nos acecha . El número de víctimas aún es desconocido debido a que se han extremando las precauciones: se ha decidido prohibir la salida al exterior, por temor a nuevos y nefastos sucesos. Lo último que ha llegado a nuestra redacción ha sido una llamada a la tranquilidad y el sosiego de la población, pero, recuerden, no abandonen bajo ningún concepto sus casas y cierren puertas y ventanas."

- Esto cada vez va a peor. ¿Has hablado con tus padres?
- No, la línea está cortada y por lo que acaban de decir no podrán repararla hasta que la cosa mejore. ¿Has hablado tú con los tuyos?
- Sí, pero, no mucho, pude oír un "Todos estamos bien, cariño". Eso me ha tranquilizado.

Un ápice de esperanza iluminó los ojos de fresa de ella. Él se sintió culpable por su descanso, mientras allí de pie, embobado, amaba fascinado a la mujer que tenía en frente. Su generosidad, su luz y sus labios sonreían a su suerte, aunque su  propia ventura  no fuese igual de satisfactoria, y por las noches no la dejara dormir.
Sus férreos brazos la abrazaron con el calor de mil soles y la fuerza del aleteo de las mariposas, que revoloteaban ruidosas por sus entrañas. Estaba triste, no le gustaba verla de ese modo, la preocupación había arrancado la alegría de su cara de porcelana, dejándola frágil y ojerosa. Sus bocas se alimentaban de lo poco que quedaba en la despensa y de los infinitos sacos de tierno amor recíproco que se generaba en el roce de sus manos y la chispa de sus miradas.

-Lo siento.
- ¿Por qué dices eso?
- Te alegras de mi suerte cuando tú estás totalmente hundida, ¿cómo lo haces?
- No se trata de hacer nada, ¿sabes? Te quiero, y tu alivio es el mío, has conseguido hablar con tu familia, están todos bien, ¿no es motivo ese para alegrarme? ¿eh? Que estén bien y tú también.
- Pero... eres tan maravillosa.
-  Que estemos en medio de una catástrofe mundial y sea a la única persona que puedas ver, no me hace maravillosa.
Su risa sonó divertida y sincera.
- No, te lo digo en serio.
- Yo te digo en serio que si el mundo ahí afuera no se estuviera cayendo a pedazos, ni las nubes taparan el cielo día y noche, ni los parques estuvieran desiertos, ni las calles llenas de cadáveres putrefactos, si fuera tan bonito y emocionante como antes, no sería más feliz que ahora.

Y aún a riesgo de que aquel momento pudiera parecer empalagoso y cursi en manos de algún osado narrador, ella buscó el calor de su pecho y hundió la cabeza en el pálpito de sus susurros. Sentía como su respiración golpeaba con dulzor su pelo revuelto y lo estrujó con todas sus fuerzas, quería sentir como cada poro de su piel encajaba con los suyos, como si ambos formaran una pieza perfecta e inquebrantable, lo amaba tanto que quería sentir como él. La energía de su abrazo le dolía y le dejó marcas en la mejilla y en los brazos, la lana es suave hasta que la retas a un cara a cara, desafiando su rudeza. El rió a carcajadas al ver las señales que el entusiasmo había tatuado en su cara, y ella lloró con la alegría sonrojada de los niños.
Y en ese mundo apocalíptico donde el gorjeo de los pájaros y las disputas entre  humanos se habían vuelto inaudibles, siempre tuvieron algo que hacer.


-Dígame señor, ¿qué desea?
- Vengo a denunciar a Miguel de Cervantes Saavedra.
- Discúlpeme, pero no estamos para tonterías, aquí tenemos mucho trabajo y no es mi intención ofenderle, pero las bromas nos las tomamos con muy poco sentido del humor.
-No, es ninguna broma, hablo muy en serio, ese chupasangre robó mi obra.
- Señor, por favor, le pediría que se marchase.
- ¡Escúcheme! ¡El Quijote lo escribí yo!
-Sí, y yo viajé en el tiempo para crear en mi laboratorio a Albert Einstein y a los esposos Curie. Señor, si no abandona el despacho me veré en la obligación de llamar a seguridad.
- ¡Ese hombre es un impostor! ¡Ha plagiado mi gran obra! ¿Sabe usted lo que yo he llorado y lo que he sufrido por todo esto? Nadie ha reconocido mi grandeza como escritor, por culpa de esa sabandija, ¡que me la robó! ¡¡¡ME LA ROBÓ!!! ¡¡¡Ay, Dios, mío, qué tristeza más grande!!! Nadie recordará mi nombre, Don Eleuterio Diodoro Beremundo Pies Parlantes, autor de las aventuras de Don Quijote, el ingenioso hidalgo, fruto de mi prodigiosa mente. ¡¡¡Estoy destinado a morir desterrado de la cultura del Hombre!!!
-AMÉN.