Chica busca suerte para toda la vida.

En ese momento tropecé y protagonicé la caída más estúpida y ridícula que la Historia haya conocido jamás (sí, de esas que describen tus movimientos a cámara muy lenta y que dibujan prematuramente la mueca de dolor cuando todavía estás a centímetros del suelo, de esas que quedan en la memoria de la gente PARA SIEMPRE). Por suerte me encontraba sola, así que aproveché ese magnífico instante para patalear sobre el charco que había caído:

-
¡¡¿¿¿Quién demonios ha puesto este maldito charco en mi camino???!!¡AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!!¡ ¡¡Estúpido charco, estúpida suerte, estúpido momento, estúpido suelo, estúpido día y estúpida lluvia infernal !!!

Aquella masa de nubes plateadas y esponjosas parecían querer aplastarme el pensamiento. Les supliqué por todos los medios que no lo hicieran: “No, por favor, ahora no. No quería decir eso”; pero ellas, fruto de su altivez y la rabia que mi atrevimiento había llagado en su orgullo, enfurecieron y enfurecieron hasta el punto de absorber los miles de colores que cubrían el firmamento. Todas ellas unieron sus gigantes y vaporosos brazos para consolarse unas a otras, provocando una oleada de sentimientos, que arrancó los sollozos de todas ellas. Hice llorar a un cielo entero y conseguí herir con agravio sus delicados sueños de nubes.

Aquel día me había dejado mi novio, mi perro se había perdido y salí a la calle en pijama dejando las llaves dentro de casa.

Desde entonces procuro ser menos despistada y menos cabezota, y sobretodo aprendí a adorar los días de lluvia (todo sea por salvarme de mi mala suerte y de pasar una noche de tormenta, sola y con cuarenta de fiebre).