Los sentimientos no existen, son los bichos

La tristeza es esa hormiguita pequeña y brillante, que en su tamaño casi atómico, trepa poco a poco desde el suelo al primer poro de la piel. Lo primero que encuentra a su paso son los dedos de los pies, se sujeta a ellos con fuerza y los recorre con destreza y sigilo, clava sus patitas de vinilo y te hace cosquillas; con sus antenas se guía y delicada, pero molesta, te besa y te muerde despacio, inyectando como un virus, su inestabilidad emocional por la sangre. Se desliza desde el dedo más pequeño hasta el mayor de todos ellos, arrastrándose con simpleza y valentía por cada uno, son dunas frágiles y quebradizas, que al más mínimo vaivén acaban con su vida insectil. Por eso, la naturaleza les proporciona constancia y prudencia, para alcanzar la cima del Everest de nuestros pies. Allí, donde la dicha se ve acumulada, las hormigas atacan para contrarrestar tanta felicidad, inyectan su veneno y lo dejan fluir por el torrente sanguíneo, de inmediato se activa la tristeza y la desesperación, la soledad, el engaño y la frustración e irremediablemente las lágrimas acuden a los ojos. En los ojos como método natural de defensa, se segregan gotas saladas para expulsar cualquier agente externo, en este caso querrían desterrar el veneno de las hormigas, pero a su vez, la persona se ve obligada a llorar por el duro efecto que tiene el veneno sobre el cerebro. Nos oprime el pensamiento y bloquea los nervios ópticos: todo lo que veamos o pensemos en ese momento nos parecerá asquerosamente odioso y trágico.
El diágnostico es instantáneo y para combatir este mal tan doloroso no hay mejor receta y cura que el abrazo de un ser querido. Los síntomas se debilitan y aunque la enfermedad no desaparece de inmediato, prolongue el tratamiento durante el resto de su vida eso reducirá el riesgo de que el gen que inactiva el veneno se descontrole y de lugar a lloreras interminables y desgarros cardíacos internos.
Escuche buena música y quiera a quienes le rodean.


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