Ephímera, mi nube de papel mojado


Tras veintisiete años queriendo una, la conseguí.
Fui a Cloudland, la mejor tienda de la ciudad especializada en ellas. Era mi regalo de cumpleaños atrasado, el que me había hecho yo misma, creo que era la mejor manera de inaugurar mi apartamento.
Miré por el escaparate y la variedad de colores y tamaños me fascinó.
- ¿Qué es lo que está buscando usted exactamente?
- Pues... la verdad... algo que no se salga mucho de mi presupuesto jajaja.
- Bien. Sígame por aquí. Estas acaban de nacer hace muy poquito.
- Oh, son preciosas y adorables.
- Sí que lo son, nos cuesta mucho despedirnos de ellas jajaja. Todas estas tienen un precio parecido. Ahora le toca a usted elegir cuál es su favorita. Hasta ahora.
- ¡Hasta luego!
Pasaban los minutos y no sabía cuál elegir, todas eran muy bonitas y esponjosas.
Una de ellas me sonrío y su timidez la pintó rosada. Sí, era ella.
Pagué en caja con un billete de nostalgia y unas monedas de amargura. Ya era mía.
La llevé a casa colgada de un hilo, era pequeña y muy juguetona, tenía miedo a que se escapara. Tiré de ella para que bajara, quería abrazarla y lo hice.
- Supongo que ahora debo ponerte un nombre... pero no sé cuál.
Ella sonrío avergonzada y volvió a teñirse de rubíes.
- ¿Sabes? Creo que ya tengo un nombre para ti... ¡Ephímera! ¿Te gusta?
Ella asintió y me acarició vaporosa y volátil. Ascendió dejando la humedad adherida a mi piel.
Cuando llegamos a casa decidí instalarla en mi habitación, pero le dejaría libertad para entrar y salir cuando quisiera.
Por las mañanas adquiría el blanco más puro y junto al cielo pasaba por el amarillo, el naranja, el rojizo, el rosado, el violeta, el añil, la noche.
Un día Ephímera me desobedeció. Tenía visita y estábamos en el salón, Ephímera salió de mi habitación, quería que jugáramos a inundar las habitaciones y llenarlas con barcos de papel, pero aquel no era el momento.
Ephímera llegó al salón y empezó a llorar para jugar, yo me enfadé mucho con ella y le dije que se fuera, esta vez me obedeció pero a su vez ennegreció de furia y corrió a refugiarse en una esquina de mi dormitorio.
Cuando todos se fueron la llamé y la llamé, abrí la puerta, y lo que vi me partió el corazón. Ephímera lloraba y lloraba, era demasiado pequeña y no comprendía su error.
- Eh, Ephímera, no llores, te quiero mucho y no quise enfadarme de esa forma contigo. ¡¡Perdóname!!
Ephímera, siguió llorando, más que nunca en su corta vida, hasta que se consumió e inundó la habitación con su alma. Ephímera era agua que se había bebido mis barcos de papel. Mi querida nube de papel mojado.





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