Una visita a la panadería

Carapan y carabollo eran la pareja perfecta dentro de todas las panaderías y pastelerías del mundo mundial. Eran muy felices y se amaban profundamente. Se conocieron dentro del horno de piedra, mientras sus corazones esponjosos de harina y levadura se hinchaban con el ardor de sus miradas.Juntos pasaron el día en el mostrador de la panadería, expuestos a los deseosos ojos de la clientela.
- Deme ese bollito, por favor - solicitó una anciana con su perrito en el regazo.
- Señora, déjeme decirle que si se lleva dos, el segundo le saldrá a mitad de precio.
- No, no, deme sólo ese.
Carapan desde el expositor observó con amargura al niño que lo miraba a través del cristal, mientras sentía como el calor de su amada se alejaba en manos de la panadera.
El niño corrió a las faldas de su famélica abuela y tiró de ellas para llamar su atención.
- ¿Qué quieres hijo mío?
- Abuelita, ¿no te da pena dejar al otro bollito ahí solo? Cómpralo, yo lo comeré.
La abuela no pudo negarse al antojo de su nietecito, y así lo hizo, lo compró también y, ella, el nieto y los dos bollitos marcharon a casa.
Por el camino, en la bolsa de papel, las migas de Carapan y Carabollo se fundieron y se hicieron indistinguibles unas de otras.
Y así fue como la puericia de un niño salvó un amor tan inerte como intenso.

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