Querido gusiluz atontado,




Cuando te encontré en los lúgubres suburbios de la ciudad, tu ternura me caló fuerte, tu tacto era como el de las ortigas del campo, urticante y delirante al mismo tiempo. La niña de trenzas doradas a la que perteneciste, cuando creció te trató muy mal, te arrancó los ojos y el corazón, y los sirvió como suculentas pastas, al resto de sus juguetes a la hora del te. Se te antojaba imposible que el dulzón aroma de su infancia pizpireta de tiaras de plástico y cetros de esmeraldas de cristal de botella, pudiera deshacerse de ti con la facilidad conque escogía el mantel de picnic de cuadritos para una cena romántica entre Barbie y Ken. Pero ocurrió. Y ahora plasmas tu miedo en mí, huyes de mis lágrimas y de mis miedos, porque no quieres que te utilice para hacer caldo.


 Cuando te prometí surcar los mares con mi humilde canoa remendada con sueños, firmaste la cláusula y aunque nunca pretendí hacerte daño, corrías el riesgo, de que entre mis arrumacos, mi tempestuoso carácter mareante te quemara la voz y te arrancara repentinamente la dicha con la sal de mis infinitas y espumosas lenguas de agua. Y ahora dime si entre tu sentimiento más bello de trapo y telarañas, ves mi rostro palpitando junto a tus metas de juguete desesperanzado. Soy un simple pirata que soportaría el más escabroso y enfurecido oleaje del embravecido mundo en que vivimos porque tu rostro iluminado cegara mi eterna y amarga noche oscura. Y aquí  yacen mi alma y mis suaves arrullos, hasta que despierten con la suave brisa de tus labios.


Ahora seguiré con mis obligaciones ficticias de responsabilidad endeble y quemada. 


Buenas noches, gusiluz atontado.





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