Conseguí hacerme con un poco de polvo de hadas disuelto en el rocío de la mañana. Llegué a identificarlo por el suave cosquilleo de su esencia en mi nariz y el sutil centelleo de sus partículas purpúreas. El médico me recomendó tomarlos en pequeñas cantidades con miel, para aliviar la tos, pero ya me conocéis, me lo tomé todo, hasta que me brillaron las pestañas, y tan mal salió la cosa, que ya voy por tonta y media.
Ahora necesito beberme el néctar de su alma para sobrevivir, si no sonríe, muero.
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